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6 de enero de 2015

El corazón de Riofrío

He tenido un sueño: mi hermano mayor había muerto. He despertado y me ha alegrado recordar que no tengo ningún hermano mayor. Pero sí ha muerto alguien cercano, aunque no sea de carne y hueso. Riofrío cierra sus puertas, después de 42 años. Lo siento más que nunca en días como hoy, en que echo de menos su antaño inigualable roscón de Reyes. Y esta es mi particular visión, que a nadie quiere juzgar, a nadie quiere ofender, a nadie quiere excluir. Sólo necesito sacar de mí todo este sentimiento y ponerlo al servicio de un bien común, el de honrar lo que fue y asentir tal como fue. Y velar por el equilibrio de un sistema mayor.

La noticia me pilló en Málaga. Estaba comiendo unos espetos a la orilla del mar antes de dar una conferencia a la Cooperativa Farmacéutica Andaluza y me quedé como si me hubiera tragado una espina. De hecho, no digerí nada de aquello: llegué a mi charla, comenté mis orígenes como siempre hago en homenaje a mi familia y disfruté del evento como si nada hubiera pasado. Al día siguiente la leí en El Mundo. Gracias, Pablo Herráiz, por tus cariñosas palabras y tu visión tan personal.

Juan José y Elisa Agudo en la
inauguración de la reforma en los 90
De vuelta a Madrid, estuve cinco días vagando sin rumbo, como un alma en pena, pasando pocas horas en el despacho porque sentía una inexplicable desazón interior, de la que ni siquiera era capaz de hablar con nadie. Al sexto día, en clase de yoga, de pronto y sin buscarlo conecté con la tristeza. Me atenazaba la garganta, me comprimía el pecho, me estrujaba el estómago. Constaté que ni siquiera podía llorar. Entonces me di cuenta de que necesitaba pararme y hacer un duelo.

 




Una historia repleta de recuerdos

Cerillas de Riofrío
Barquillo y de Riskol
Aunque antes de rendir mis tributos, me gustaría empezar por el principio y eso sólo puedo hacerlo desde la figura de mi padre. El origen de Riofrío se remonta a otros dos locales de los años 60. Desde los 100 m2 del Riskol de la calle Barquillo nº 30, un jovencísimo Juan José Agudo pasó a los 300 m2 de la Villa Moriscó, en la que se instaló en 1962 el primer Riofrío, ubicado en la calle Barquillo nº 20. En 1967 arrancó su andadura con las promociones inmobiliarias, en el 69 llevaba por su cuenta el Club Social de la Urbanización Santo Domingo. En 1972 dio el salto hasta los más de 2.000 m2 del actual complejo en la calle Génova nº 28, con una cafetería, como se la conocía principalmente, más un restaurante y otros espacios. Un año más tarde nací yo.



Juan José Agudo
Durante varios lustros, le recuerdo al pie del cañón casi de sol a sol, turnándose con mis tíos. Quien conozca un negocio de restauración sabrá que es un trabajo arduo, que va más allá de abrir y cerrar el establecimiento y gestionar al personal. Él compaginaba sus fines de semana con un supuesto ocio que a menudo se desarrollaba dentro del restaurante, estando atento a las mesas adyacentes, avisando al maître si veía algún cliente inquieto, socializando mientras cenaban sus hijos, reflotando las relaciones públicas y arrastrando a mi madre a currárselo con él, porque a los clientes les gusta codearse con el dueño. Por no hablar de sus muchas noches en vela, bajo la responsabilidad de mantener el sustento de cien familias; los sobresaltos de madrugada, si había un incendio o un robo; las tensiones el día que había una huelga o una manifestación en la Plaza Colón, cosa que sucedía con frecuencia. Y por supuesto, no puedo olvidar sus vacaciones con llamadas constantes, o el desgaste cada vez que le tocaba renegociar el convenio colectivo del sector, o su dedicación a las federaciones y asociaciones en las que desempeñaba cargos (FEHR, AMER y la Cámara de Comercio). Sí, le otorgaron la Medalla de bronce al Mérito Turístico, y la de Oro al Asociacionismo, entre otros galardones. Pero creo que no bastaron para compensar tanto sacrificio.
Sagrario Hernando




Mientras tanto Sagrario, mi madre, le apoyaba desde su cañón particular: con su desvelo permanente, las cenas tardías entre semana, la soledad en fin de semana. Y redoblando sus renuncias cuando hacía falta: las palizas de doblar turno durante unos meses en los que trabajó con él puntualmente, o nuestras celebraciones familiares con pocas posibilidades de variar el sitio en la práctica.



Elisa Agudo en las
escaleras de Riofrío
¿Y yo? Me veo de pequeña, corriendo por dentro de la barra; en mis primeros 20, esperando a mi padre en un taburete alto después de volver de marcha; en mis últimos 20, comiendo con él en la terraza y contándole mi vida de emancipada… Crecí con un padre ausente, muy a su pesar, pues su esfuerzo me robó parte de mi niñez con él. A cambio, ese esfuerzo me proporcionó el mejor legado que podría soñarse, pues a los valores propios le añadió una valiosa educación en colegios privados, el aprendizaje de varios idiomas, pequeños lujos en la adolescencia, muchas oportunidades de ver mundo y cualquier capricho que toda niña pija habría deseado. Sí, he sido una “hija de papá” durante años aunque renegaba de mi condición. Y no pude dejar de serlo hasta comprender que todo eso no era mérito mío, hasta que integré lo que aquello significaba y lo agradecí.



Momentos en sala
Me eduqué en un entorno con pasta en abundancia, pero gastada con austeridad y prudencia. No todo iban a ser abnegación y penurias, faltaría más. Siempre digo que me considero una persona afortunada, pero eso no es algo nuevo de mis 40: comenzó cuando disfrutaba de los mejores profesores, las casas más bonitas, los coches más cómodos, las vacaciones más variadas y los viajes más lejanos. Había grandes posibilidades de placer en aquella vida de familia empresaria, aunque no siempre el suficiente tiempo para apreciarlas. Abundantes alegrías en nuestro día a día: siempre rodeados de un montón de gente nueva que iba y venía, o de famosos que frecuentaban el lugar y me firmaban autógrafos, o escuchando de fondo tantas cenas y fiestas y aplausos y risas. Infinidad de ventajas: las puertas abiertas de cualquier banco para solicitar condiciones crediticias, la certeza a la hora de buscar un sitio para invitar a comer a un cliente, precios especiales para organizar las cenas de mi empresa, un trato especial si queríamos montar cualquier sarao, unas medianoches recién hechas cuando pasaba por allí a las tantas, unas cuantas delikatessen que añoro a día de hoy. Y como no, toda una colección de logros que podría agradecer como adulta: mi respeto hacia los camareros del mundo entero, los criterios de la buena mesa, todo lo que aprendí del mundo de la empresa, lo que entendí de la empresa familiar en concreto, mi increíble sensación de pertenencia…

 

El relevo generacional

Lo que no sabía es que esa agradable sensación de pertenecer a dos grandes familias, la mía y la del restaurante, también comportaba un alto precio a pagar.

Salón inicial
La aventura empresarial nació haciendo honores a su tierra natal, Segovia: el logotipo de un ciervo rememoraba los Palacios de Riofrío. La iniciaron mi padre (Juan José) con su activo espíritu emprendedor y mis dos tíos (Eliseo y Juan), con su actitud tremendamente trabajadora. Años más tarde se incorporaría mi primo José Antonio y décadas después heredaría el mando mi primo Eduardo, tras duros momentos de negociación y de relevo generacional.


La salida de mi padre se produjo en 2006 y desde entonces quisiera pensar que no fueron la codicia o la ceguera, sino algunos malentendidos, o la incomunicación quienes provocaron que el buque empezara a hundirse.

Yo viví este tránsito debiendo elegir lealtades y sufriendo ciertos reproches familiares por ser “demasiado emocional”. Pero tanto dolor fructificó en que ahora me dedique a poner corazón en la empresa. Y a que en este preciso instante esté tratando de devolverle su corazón a Riofrío, o al menos a recomponer el que tenía, que se fue rompiendo en pedacitos, al igual que el de sus fundadores.

Riofrío me arrebató la compañía temprana de mi padre y en una ocasión casi se lo lleva del todo, partiéndole el corazón literalmente. Pero pudimos rescatarle a tiempo. Y aunque se perdió nuestra infancia, ahora está pudiendo gozar la de sus nietos.

 

Dedicatoria al personal

Juan José Agudo y primeras empleadas
Esos pequeñajos le animan el día a cualquiera… como sospecho que hace años divertiría yo a quienes me veían por allí. He crecido con Esteban, Jorge, Rosa, Enrique, Pedro, Eva, e Irina en la oficina. Paquita en la caja y la centralita y María con el tabaco, sucediendo a la señora Emilia. Lorenzo y Marga en el autoservicio. Fermín, Sebastián y Miguelón a la cabeza de los maîtres. Ramón y Jerónimo viéndome crecer en sala y desde la barra. Pedro innovando en la cocina y el señor sonriente testando en el obrador. Felipe, que era peleón pero muy leal, Lucas al fondo de la barra, Teodoro siempre tan solícito, el otro Ramón y Candelas haciéndome rabiar. Teótimo dando brillo al mármol cada noche. Varias decenas de camareros, planchistas, cocineros, pinches, auxiliares, jefes de sala,… y así hasta más de 100 personas entregadas, perdonadme que no os nombre a todos, pero sabéis que sois parte de mi vida.

Cena reciente con algunos empleados,
Fernando Agudo en primer plano
Habéis estado a mi lado desde que corría trastabillando con un dodotis hasta que desfilé con traje de princesa en bodas de alta alcurnia. Me habéis visto bailar sevillanas con mi madre y una renovada panda de clientes-amigos en la terraza improvisada junto al Museo de Cera. Me habéis acompañado durante largas noches de vuelta de los garitos de Alonso Martínez, haciendo tiempo mientras mi padre cerraba. Habéis compartido conmigo campanadas de Nochevieja perpetradas sobre una bandeja, incluso me habéis defendido de patosos queriendo ligarme en la barra. Habéis sido testigos silenciosos de celebraciones infantiles y corazones partidos adolescentes, amores fugaces y rupturas eternas, sobresalientes escolares y desilusiones universitarias.



Juan José Agudo con algunas clientas
Y mientras tanto, comidas de políticos de varios partidos a la vez, en salones de boda contiguos; negociaciones de ejecutivos, en el salón Villa de París; abogados con prisas, en los dos autoservicios; parejas, en la terraza; abuelas con tortitas, en el bistrot; figuras del teatro, tomando una caña en la barra; mamás complacientes, en la heladería; vecinos del Centro Colón recogiendo sus encargos en la pastelería. El olorcillo a agua de azahar de los roscones, desde que empezaban con las pruebas de concepto cada diciembre. Los jueves y domingos, largas colas para comer paella, incluyendo autocares de japoneses que no paraban de hacer fotos a los platos. Y todos ellos, mezclados con chavales que entraban a por un Marlboro de camino a las copas y con bellezas trasnochadas del Bocaccio, que luego serían pibones del Este en el Hot, todos en tránsito pero fieles cada semana. Fieles como todos los que les atendíais, profesionales y sonrientes hiciera frío o calor. Me acuerdo de vosotros cuando voy a cualquier otro restaurante.


Un presente marcado por la tradición

Ya veis, lo llevo en las venas. Tengo a mucha honra lo de venir de la hostelería, aunque fuese la hija del jefe, precisamente porque sentía vuestra naturalidad y aprecio.

Soy hija de empresarios, eso deja huella. Y además castellano-viejos, eso marca el carácter. No en vano yo también he sentido esa pulsión: monté una empresa, he vuelto a emprender, y cuando encontré al hombre de mi vida resultó ser otro empresario de éxito. No obstante, navega en mi consciencia que parte de mis dificultades para salir adelante profesionalmente por cuenta propia pueda responder a que tengo ese listón muy alto. En mi entorno siempre fui “la de Riofrío”, bromeo con esa reputación en mis cursos de personal branding.
Riofrío Colón y lo que después sería
el Restaurante El Descubrimiento

Por eso, no te extrañes si discuto sobre los tuestes del café, la cremosidad de los helados, el crujido de las tejas, la esponjosidad de los roscones, la pureza del chocolate de los bombones, o la textura de los croissants. No te alarmes cuando exijo el punto del solomillo, la delicadeza de la salsa del lenguado, el grosor de los espárragos, el calibre de las manzanas. Ni te sorprendas luego de que sea una gourmet o una golosa, me he criado con esos standards de calidad. No te rías cuando pido las cosas por su nombre: ordenemos la comanda, cálceme la mesa, empláteme la sopa, tráigame el convoy. No te molestes si a veces no quiero dejar propina, pero es que nunca me tratan como lo hacían allí y no me sale tocar platillo. Celebré mi Comunión en el Salón Azul, la de mi hermano en El Descubrimiento y si me hubiera casado lo habría hecho en Colón Plaza.

¿Y entonces por qué yo no continué con la tradición? De cría, imagino que me pudo el hecho de ver lo esclava que era la hostelería: horarios interminables, contacto continuo en vacaciones, trabajar más duro cuanto más estuvieran los demás de ocio. De adulta, empecé a comprender lo complejo que parecía mezclar el sistema familiar con el empresarial, por algo será que acabé formándome en constelaciones familiares y organizacionales. Y, desde luego, la no sucesión por mi parte siempre conllevó sus correspondientes disgustos, supongo que por eso ahora siento que necesito darles un reconocimiento a su labor. Sensible, que no sensiblera. Llena de orgullo, pero sin soberbia.

 

Gracias y hasta siempre

Y sobre todo, colmada de agradecimiento.

En todo este entramado, no he mencionado la intensísima implicación de Fernando, mi hermano pequeño (el único real que tengo), liderando la negociación en su momento y haciéndose cargo actualmente del patrimonio y la actividad del nuevo negocio familiar, que siguió con la línea promotora desde su profesión de arquitecto. Mi eterna gratitud a él, a mi madre, a mi padre. A mis tíos y tías por permitirle hacer su sueño realidad y a mis abuelos por sustentar la familia. A todos los clientes, los más importantes, por confiar en nosotros durante estos 42 años. A todos los proveedores, incondicionales incluso en los momentos difíciles. Y gracias fundamentalmente a los empleados, esas más de 100 almas que hicieron posible Riofrío.

Sin embargo, ahora se oyen cosas raras por ahí. ¿Voces envidiosas, malas lenguas? ¿Comentarios insidiosos, o sólo ignorantes? Como mis dos tíos ya no están entre nosotros, nunca conoceremos todas las versiones. Así que me queda la verdad de mi padre y toda su entrega durante más de 50 años. Hubo mucho apoyo marinero en algunas tormentas, pero capitán del barco siempre hay uno solo, con sus errores y aciertos. Yo, como siempre que algo duele, me quedaré con el aprendizaje y la herencia de tradición de todas estas décadas.

Para dejaros con mejor sabor de boca, os comparto también los pequeños homenajes que yo les rendí últimamente a mis padres y a su legado (leer entrevista / ver video / leer reportaje). Es algo que seguiré haciendo siempre que tenga oportunidad para venerar mis raíces.

Adicionalmente, mi compañera de Master, mi colega, pero ante todo mi gran amiga Gema me hizo sin saberlo un increíble regalo, el mensaje que nos ha calentado el alma.

No quiero echar leña nueva a fuegos antiguos, sólo reconciliar los corazones heridos. Es una crónica subjetiva, el tributo a una familia, mi lugar en el sistema, mis palabras desde el corazón. Esta soy yo a contraluz. Riofrío ha muerto. Descanse en paz.

Fachada de Riofrío Colón, años 70

Fachada de Riofrío Colón, años 90





10 comentarios:

  1. Sin palabras.... me he emocionado (literalmente) leyéndolo. Ahora te conozco un poco más... y me gusta. Enhorabuena.

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    1. Muchas gracias, Oscar. Pocos conocen como tú las dificultades de una empresa familiar, así que espero que te sirva para conocer otras realidades, yo aprendo de cada historia que conozco.

      Además, la próxima vez que te metas cariñosamente conmigo, lo harás con más conocimiento de causa ;-) Un beso grande

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  2. Respuestas
    1. Muchas gracias, Yinda. Ahora entenderás un poco mejor mi devoción por los fogones, que comparto contigo ;-)

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  3. Vuestra gran historia desde un gran corazón. Ánimo para un mejor futuro!

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    1. Muchísimas gracias, Pedro! Viniendo de ti, los ánimos me llegan especialmente. Empresario e hijo de empresario, pero sobre todo uno de los mejores hombres que he conocido. Gracias de corazón por seguir ahí. Un abrazo muy sentido, Eli

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  4. Gracias, Elisa. Haces gala de tu gran generosidad al compartir, y de tu gran corazón en el reconocimiento. Mi enhorabuena a toda vuestra familia por vuestra gran historia.
    Casualmente a principios de diciembre quedé con un empresario familiar que venía de Bilbao y se hospedaba en la Plaza de Colón, y quedé con él en la puerta de Riofrío. Me quedé helada cuando al llegar vi el candado en las rejas y las pintadas en las paredes.
    Sin duda lo echaremos de menos.
    Un abrazo enorme!
    Nuria

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    1. Te agradezco mucho las palabras de aliento, Nuria. Tú también sabes bien lo complejo que es gestionar una empresa familiar.

      El candado y las pintadas me producen mucha tristeza, sobre todo por la confusión pública que generan. Volver por allí supone un paso que todavía no he sido capaz de dar, pero todos estos apoyos me dan fuerza para seguir honrando lo que fue y avanzar en lo que será.

      Un beso grande y hasta pronto

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  5. Si, un necesario duelo a un parte de tu vida y la de muchos. Un hermoso acto de reconocimiento y gratitud, en el que nos llevaste de la mano a acompañarte y he sentido como propio. Muchas gracias por compartir desde lo más profundo de tu corazón.

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    1. Tienes toda la razón, Pilar; ese duelo era absolutamente necesario. De hecho, he tardado más de un mes en asimilar y responder a tantísimas muestras de cariño, de personas muy cercanas pero también de completos desconocidos, que han tenido el detalle de contarnos sus experiencias como clientes, o sencillos episodios de lo que significaba aquel lugar para ellos, o incluso la valentía de mostrarnos intensas y profundas reflexiones que este mismo artículo ha despertado en ellos.

      Todo ese despliegue de generosidad me ha ayudado a recolocar mis sentimientos y aprendizajes de una forma más lúcida e integral. Así, comienzo esta nueva etapa serena y contenta.

      Desde aquí gracias por toda esa calidez. Y a ti, gracias una vez más por compartir tu luz incondicionalmente,
      Elisa

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